Los comienzos
Se conocieron de la manera más simple:
una clienta de Gustavo recomendó a Melina cuando él necesitaba un asistente.
Melina era todavía estudiante.
Empezó colaborando en casos puntuales, fue sumando responsabilidades a medida que avanzaba en la carrera y, cuando se recibió de abogada, ya era parte del estudio de manera activa.
A lo largo de los años, a medida que los casos iban llegando, algunos los trabajó Gustavo solo y otros los fueron armando juntos.
Había causas que requerían más de un par de ojos, negociaciones que se pensaban de vuelta en el camino de regreso del tribunal, estrategias que se afinaban en conversaciones que a veces empezaban por un tema y terminaban por otro. Sin que nadie lo hubiera planificado, la forma de pensar el Derecho de los dos fue encontrando el mismo cauce.
Los años en el sector público
A mediados de los años 90, Gustavo asumió como coordinador de Asuntos Jurídicos en la Municipalidad de Funes. Melina lo acompañó.
Más adelante, cuando le ofrecieron la Secretaría Legal y Técnica en la Municipalidad de Roldán, volvió a armar equipo con ella.
Esa experiencia desde adentro del Estado —ver cómo funciona la administración pública, sus tiempos, sus lógicas, sus limitaciones— le dio al estudio una perspectiva que pocos tienen cuando después están del otro lado, representando a quienes tienen un conflicto con ese mismo Estado.
También trabajaron como asesores letrados en la Municipalidad de Cruz Alta, en la provincia de Córdoba.
Los casos que marcaron el rumbo
Hubo casos que dejaron huella.
Uno de los primeros grandes fue un juicio contra la Provincia de Santa Fe que implicó embargar fondos públicos, con todo lo que eso significa cuando el Estado no quiere pagar y tiene los recursos para resistir.
Esa experiencia les mostró de qué está hecho el Derecho cuando la otra parte tiene poder de verdad.
En 2001, cuando Argentina declaró el default de su deuda pública, el estudio representó a uno de los grupos empresariales más importantes del país.
La empresa había invertido en títulos públicos del Estado argentino —instrumentos legales, seguros según todos los parámetros— y de un día para otro el gobierno decretó que no iba a pagar.
El trabajo fue complejo, la situación del país era de una inestabilidad que pocos recuerdan con claridad, y sin embargo se logró lo que se buscaba: el cliente cobró.
Con los años sumaron casos contra compañías de turismo y aerolíneas que no cumplían con lo contratado, amparos de salud contra obras sociales que negaban coberturas, conflictos de empresas familiares que amenazaban con destruir lo que una generación había construido.
Cada caso dejó algo —una técnica, una lección, una forma de negociar que el siguiente caso volvía a poner a prueba.
Hoy
Después de más de dos décadas, el estudio tiene muy claro en qué aguas se mueve.
Derecho administrativo, civil, comercial y planificación patrimonial —áreas donde la experiencia acumulada marca una diferencia concreta en cómo se analiza cada caso, cómo se negocia y cómo se llega a la mejor salida posible para cada cliente.
Gustavo se mueve cada vez más como consultor: analizando riesgos, diseñando estrategias, explorando todas las salidas antes de decidir si judicializar tiene sentido.
Melina lleva la representación activa, la negociación diaria, la gestión de los casos en curso.
Los dos comparten una convicción que se fue afinando con los años: que el juicio es una herramienta, no el único camino.
Y que antes de usarla, siempre vale la pena entender bien qué es lo que realmente necesita la persona que está del otro lado del escritorio.
Los comienzos
Se conocieron de la manera más simple: una clienta de Gustavo recomendó a Melina cuando él necesitaba un asistente.
Melina era todavía estudiante.
Empezó colaborando en casos puntuales, fue sumando responsabilidades a medida que avanzaba en la carrera y, cuando se recibió de abogada, ya era parte del estudio de manera activa.
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A lo largo de los años, a medida que los casos iban llegando, algunos los trabajó Gustavo solo y otros los fueron armando juntos.
Había causas que requerían más de un par de ojos, negociaciones que se pensaban de vuelta en el camino de regreso del tribunal, estrategias que se afinaban en conversaciones que a veces empezaban por un tema y terminaban por otro. Sin que nadie lo hubiera planificado, la forma de pensar el Derecho de los dos fue encontrando el mismo cauce.
Los años en el sector público
A mediados de los años 90, Gustavo asumió como coordinador de Asuntos Jurídicos en la Municipalidad de Funes. Melina lo acompañó.
Más adelante, cuando le ofrecieron la Secretaría Legal y Técnica en la Municipalidad de Roldán, volvió a armar equipo con ella.
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Esa experiencia desde adentro del Estado —ver cómo funciona la administración pública, sus tiempos, sus lógicas, sus limitaciones— le dio al estudio una perspectiva que pocos tienen cuando después están del otro lado, representando a quienes tienen un conflicto con ese mismo Estado.
También trabajaron como asesores letrados en la Municipalidad de Cruz Alta, en la provincia de Córdoba.
Los casos que marcaron el rumbo
Hubo casos que dejaron huella.
Uno de los primeros grandes fue un juicio contra la Provincia de Santa Fe que implicó embargar fondos públicos, con todo lo que eso significa cuando el Estado no quiere pagar y tiene los recursos para resistir.
Esa experiencia les mostró de qué está hecho el Derecho cuando la otra parte tiene poder de verdad.
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En 2001, cuando Argentina declaró el default de su deuda pública, el estudio representó a uno de los grupos empresariales más importantes del país.
La empresa había invertido en títulos públicos del Estado argentino —instrumentos legales, seguros según todos los parámetros— y de un día para otro el gobierno decretó que no iba a pagar.
El trabajo fue complejo, la situación del país era de una inestabilidad que pocos recuerdan con claridad, y sin embargo se logró lo que se buscaba: el cliente cobró.
Con los años sumaron casos contra compañías de turismo y aerolíneas que no cumplían con lo contratado, amparos de salud contra obras sociales que negaban coberturas, conflictos de empresas familiares que amenazaban con destruir lo que una generación había construido.
Cada caso dejó algo —una técnica, una lección, una forma de negociar que el siguiente caso volvía a poner a prueba.
Hoy
Después de más de dos décadas, el estudio tiene muy claro en qué aguas se mueve.
Derecho administrativo, civil, comercial y planificación patrimonial —áreas donde la experiencia acumulada marca una diferencia concreta en cómo se analiza cada caso, cómo se negocia y cómo se llega a la mejor salida posible para cada cliente.
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Gustavo se mueve cada vez más como consultor: analizando riesgos, diseñando estrategias, explorando todas las salidas antes de decidir si judicializar tiene sentido.
Melina lleva la representación activa, la negociación diaria, la gestión de los casos en curso.
Los dos comparten una convicción que se fue afinando con los años: que el juicio es una herramienta, no el único camino.
Y que antes de usarla, siempre vale la pena entender bien qué es lo que realmente necesita la persona que está del otro lado del escritorio.